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INTRODUCCIÓN
AL PENSAMIENTO DE SANTO TOMÁS DE AQUINO
Nadie se atreverá a sostener que al estudiar
el desarrollo de la sociedad política en Europa podemos omitir,
con provecho, toda consideración de la Edad Media. Porque
es evidente que se trata de un periodo formativo muy importante
dentro de este desarrollo, que no podría ser comprendido sin
hacer referencia al primero. Y no creo que ninguna persona culta
sea capaz actualmente de rechazar una afirmación análoga
sobre el papel de la filosofía medieval en el desarrollo
general del pensamiento filosófico europeo.
Sería absurdo pretender que se trató de una mera cadena interrumpida
sin que aparecieran nuevos factores entre la filosofía medieval,
la renacentista y la postrenacista. La transición cultural
del mundo medieval al posmedieval repercutió en la filosofía;
y el desarrollo científico del Renacimiento tuvo gran influencia
y estimulo nuevas formas de pensar. Pero aunque hubo novedad, también
hubo continuidad. Es un gran error el tomar al pie de la letra las
declaraciones de algunos escritores como Descartes, afirman haber
roto con el pasado y haber inaugurado una era filosófica
completamente nueva. Las alusiones despectivas que aparecen frecuentemente
en los escritos de los pensadores renacentistas pueden conducirnos
al error y hacernos pensar que, de hecho, se inicio un periodo enteramente
nuevo sin ninguna conexión con el pasado.
A pesar de que según nos previene Descartes en su propio
caso debemos de aguardarnos de suponer que un pensador posmedieval
que use un termino escolástico lo emplee con el mismo sentido
que los filósofos medievales, lo cierto es que Descartes
y Locke no pueden ser plenamente comprendidos si no se tiene algún
conocimiento de la filosofía medieval. Por ejemplo, la comprensión
adecuada de la teoría de Locke acerca de la Ley moral natural
y de los derechos naturales, exige saber no solo que fue derivada
parcialmente a través de Hooker, de una teoría medieval,
sino también en que difiere de la teoría de un filosofo
como Sto. Tomas. Aun cuando hayamos decidido considerar la filosofía
medieval apenas como algo mas que como estadio preparatorio en el
desarrollo del pensamiento europeo, sigue siendo verdad que fue
un estadio y muy importante y que su influencia sobrepaso los confines
de la edad media.
Es cierto que su importancia histórica se admite ahora de
una manera más amplia que hace treinta años.
Se reconoce ya que no solo hubo una filosofía medieval, sino
que la Edad Media presenta una gran variedad de concepciones e ideas
filosóficas, que van desde la especulación de la metafísica
más abstrusa hasta la critica empírica de la metafísica
y desde el punto de vista espiritual acerca de la función
primordial de la filosofía hasta la devoción por las
sutilezas del análisis lógico.
Las universidades entre ellas Oxford, importante centro del pensamiento
filosófico durante la Edad Media han instaurado cátedras
sobre la filosofía medieval. Asi, el tema ha sido considerado
como campo legitimo de la investigación histórica
y objeto adecuado para las tesis doctórales.
Pero al propio tiempo, sigue siendo un procedimiento razonable el
que el estudiante de la filosofía europea pase de Aristóteles,
que murió en 322 a.c a Francis Bacón y Descartes,
nacidos respectivamente en 1561 y 1596 d.c. En mi opinión,
la razón fundamental de este persistente descuido de la filosofía
medieval es la convicción, explicita o implícita,
de que los pensadores medievales tienen poco que ofrecernos. No
se niega, desde luego que algunos de ellos hayan tenido una capacidad
y una inteligencia excepcionales. Pero generalmente se considera
que su visión del mundo y su manera de enfocarlo son anticuadas
y que sus sistemas filosóficos han muerto con la cultura
a la que pertenecían. Teniendo en cuenta que quizá
muchos leen los libros de Sto. Tomas creyendo implícitamente
que no puede encontrarse en las obras de un pensador medieval, ninguna
contribución valiosa para la discusión filosófica
actual, quisiera hacer en este capitulo algunas observaciones generales
que pudieran ayudar a tales lectores a dar una oportunidad a Santo
Tomas.Dado los limites de este libro, me es posible, desde luego,
examinar con toda amplitud las diferentes concepciones de la naturaleza
y funciones de la filosofia. Tampoco puedo emprender la defensa
de la filosofía medieval en general en un libro dedicado
a Sto. Tomas en particular.
Esta seria, de cualquier modo, una empresa absurda.Pues es tan posible
defender a la vez la posición de Duns Escoto y de Nicolás
de Autrort, como defender a un tiempo de la filosofía de
F.H Bradley y la de Rudolf Carnap.A decir verdad, ni siquiera me
interesa “defender” a Sto. Tomas.No creo que su filosofía
sea un cuerpo de proposiciones verdaderas que puedan enseñarse
y aprenderse como la tabla de multiplicar; En todo caso, este de
acuerdo o en desacuerdo con las ideas de Sto. Tomas, es el lector
quien ha de decidir.
Pero al propio tiempo, estoy convencido de que mucho de lo que Sto.
Tomas dijo tiene un valor permanente y deseo cuando menos facilitar
al lector la comprensión de su estilo de filosofar y de su
interpretación del mundo.
Algunas de las objeciones en contra de la filosofía medieval
están relacionadas con ciertos rasgos mas o menos característicos
de la vida intelectual de la Edad Media.
Por ejemplo, el hecho de que los más importantes filósofos
de la Edad Media, entre ellos Sto. Tomas de Aquino, hayan sido teólogos,
da origen a la convicción de que su filosofar estaba impropiamente
subordinado a las creencias e intereses teológicos y que
sus argumentos metafísicos no pasan de ser, muchas veces,
simples expresiones de sus deseos. Sobre este asunto deberé
contentarme, sin embargo, con observar que si tomamos cualquier
argumento dado a favor de una creencia o una posición, la
pregunta que debemos hacer, desde el punto de vista filosófico,
es si el argumento esta bien fundado y no si el escritor deseaba
llegar a la conclusión de hecho llega, o si ya creía
en esa conclusión por otras razones. ]
Por ejemplo, es posible que un hombre que cree en Dios desde la
infancia se pregunte si existen pruebas racionales a favor de esta
crencia. Y si las ofrece, deberán ser consideradas por sus
meritos y no hechas a un lado de antemano basándonos en que
ni pueden ser sino mera expresión de su deseo. Lleguemos
o no a la conclusión de que sus argumentos no son sino expresiones
de sus deseos, no debemos suponer que sean simples porque el hombre
ya creía en Dios.
Por lo que hace a la opinión de Sto. Tomas sobre la relación
entre la filosofía y la teología, la esbozare en una
sección posterior de este mismo capitulo.
Otras objeciones en contra de los metafísicos medievales
están estrechamente unidas a un sistema filosófico
particular que no es fácil ocuparse de ellas en un breve
libro consagrado al sistema de otro filosofo.
Por ejemplo, si se acepta la filosofía kantiana, será
necesario considerar que la idea de los metafísicos medievales
de lograr el conocimiento por medio de la reflexión metafísica
era errónea. Pero aun cuando algo de lo que diremos a continuación
seria pertinente en un examen de la posición de Kant, no
es posible discutir aquí la filosofía kantiana como
tal. Sin embargo, quizá debamos advertir que los ejemplos
que Kant da de los razonamientos metafísicos están
tomados de la escuela de Wolf y no de la tomista, que casi no conocía
en mi opinión, algunos de los puntos más fuertes de
la filosofía de Sto. Tomas son justo aquellos en que difiere
de los filósofos de los siglos XVII y XVIII a quienes ataco
Kant.
Es poco probable, sin embargo que el lector que supone desde un
principio que un metafísico del tipo de Sto. Tomas solo puede
tener un interés histórico, base este supuesto en
la aceptación previa de la filosofía critica de Kant,
tomada como tal, o en el hecho de que Sto. Tomas haya sido también
y en primer termino un teologo. Me parece mucho más factible
que se funde en algunas ideas generales acerca de la metafísica
y los metafísicos, muy difundidas en este país y en
algunos otros. Algunas de estas ideas están relacionadas
con uno de los rasgos más importantes del mundo posmedieval,
a saber el surgimiento y desarrollo de las ciencias particulares.
Es una creencia general y no exclusiva de los filósofos profesionales
que las ciencias particulares han ido arrebatando su campo, en el
curso de su desarrollo, a los dominios que la filosofía consideraba
como propios. La cosmología ha tenido que ceder el puesto
a la física, la filosofía natural a la biología
científica y la psicología especulativa esta en trance
de ceder ante la ciencia exacta, conforme va surgiendo la psicología
científicas verdad que las ciencias no tratan los problemas
teologicos y las cuestiones metafísicas “ultimas”.
Pero los metafísicos no han logrado demostrar hasta ahora
que posean un método que les permita resolver estas cuestiones.
Han tratado de explicar el mundo o de hacerlo inteligible, pero
aun cuando podemos entender lo que tratan de decir, no parece haber
una forma reconocida de verificar o probar sus especulaciones. Al
parecer la única comprensión del mundo que nos es
dado alcanzar es la que nos proporciona la ciencia. Todo os hace
llegar a la conclusión de que, así como la filosofía
tomo el lugar de la teología, así la ciencia ocupa
ahora el de la filosofía, cuando menos el de la filosofía
especulativa. El filosofo debe contentarse con la tarea de aclarar
las proposiciones y los términos, su misión es el
análisis y la aclaración, no el construir sistemas
u obtener la verdad acerca de la realidad. Era natural que en la
Edad Media, cuando el desarrollo de la ciencia era aun muy rudimentario,
se esperaba que los teólogos y filósofos ofrecieran
conocimientos sobre el mundo; no podemos reprochar esto a los medievales.
Pero tampoco debemos prestar mucha atención a los escritores
que admitían ciertas pretensiones de la filosofía
que ahora se niegan. Por ello, si bien podemos admirar la labor
que Sto. Tomas realiza dentro de su contexto histórico, no
podemos creer que tenga mucho de valor permanente que ofrecernos.
Sin embargo, como esta actitud hacia la metafísica parece
estar muy estrechamente asociada con la de aquellos que desearían
desterrarla por completo, debe destacarse lo siguiente. Los metafísicos
parecen dividir en dos grupos, que no se excluyen mutuamente de
tal manera que un filosofo no pueda tener un pie de cada terreno.
Algunos han supuesto que poseen un método a priori propio,
por medio del cual pueden obtener información fidegnina sobre
el mundo y aun trascender la experiencia, haciéndonos conocer
la realidad o realidades trascendentes. Pero si su pretensión
es justa ¿Por qué son incompatibles los trozos de
información que nos entregan? Parecería que, en todo
caso, no son capaces de darnos un conocimiento valido por medio
de los métodos que emplean. Cuando mucho, podemos considerar
sus teorías como tesis y esto solo si en el campo de la experiencia
puede señalarse algo en pro o en contra de tal hipótesis.
Otros metafísicos, sin embargo, prefieren enunciar proposiciones
generales sobre las cosas que nos son dadas en la experiencia, en
vez de intentar trascenderla. Pero en la medida en que estas proposiciones
pretenden informarnos acerca de la estructura esencial o acerca
de las características esenciales de las cosas, el análisis
demuestra que no son trivialidades muy conocidas expresadas en forma
pomposa o proposiciones enteramente vacías que no proporcionan
ningún conocimiento. El único tipo de metafísica
que parece tener probabilidades de sobrevivir, es la construcción
de hipótesis de una generalidad mayor que las científicas,
en el sentido de que cubran un campo mayor que el de cualquiera
ciencia particular, pero que pueda ser empíricamente probado.
En otras palabras, si los metafísicos quieren ser tomados
en serio, tienen que avenirse con el empirismo; y sus teorías
deben adoptar la forma de hipótesis empíricas. Por
desgracia, los metafísicos medievales creían ser capaces
no solo de construir hipótesis empíricas. Por desgracia,
los metafísicos medievales creían ser capaces no solo
de construir hipótesis empíricas que pueden someterse
a revisión, sino aun de alcanzar conocimiento valido y final
por medio de la reflexión metafísica. Por ello, si
bien sus teorías pueden ser de algún interés,
no pueden ser tomadas muy en serio desde un punto de vista meramente
filosofico. Los fósiles pueden ser interesantes, pero no
por ello dejan de ser fósiles.
Ahora bien, estas actitudes hacia la metafísica son muy comprensibles;
y los problemas que implican son problemas reales. Es mas en mi
opinión, no pueden resolverse haciendo un llamado a la autoridad
de ningún filosofo. Por una parte es difícil que problemas
que se han ido agudizando con el crecimiento y desarrollo de las
ciencias particulares, puedan resolverse en forma adecuada haciendo
un llamamiento a la autoridad de un hombre que escribió antes
del Renacimiento científico y que, en consecuencia, no vería
los problemas en la forma que nosotros los vemos. En él capitulo
siguiente diré algo acerca de la opinión de Sto. Tomas
sobre la relación entre la filosofía y las ciencias
particulares; creo que la actitud implícita en sus palabras
es la correcta. Pero seria anacrónico buscar en un filosofo
del siglo XIII un examen de esta cuestión que pudiera considerarse
adecuado en vista de la situación moderna. Por otra parte,
Sto. Tomas seria el ultimo en pensar que los problemas filosóficos
pueden resolverse por la autoridad de un gran nombre.”El argumento
apoyado en una autoridad que tiene por base la razón humana
es debilísimo” (S. t, Ia, 1, 8 ad 2).En otras palabras,
cualquier argumento a favor de determinada posición filosófica
simplemente en le prestigio del nombre de un filosofo o científico
eminente.
Lo que cuenta es el valor intrínseco del argumento, no la
reputación de quienquiera que lo haya sostenido en el pasado.
Sin embargo, creo que aun cuando los problemas que surgen en relación
con la naturaleza y función de la metafísica no pueden
solucionarse apelando a la autoridad de Sto. Tomas o de cualquier
otro pensador, la visión general y la concepción de
la filosofía de Santo Tomas tienen un valor permanente. El
numero de filósofos que todavía hoy inspiran en sus
escritos es considerable, si bien su influencia es mayor en Francia,
Bélgica, Alemania e Italia ( y aun en Estados Unidos) que
en Inglaterra. Y aun cuando es indudable que su posición
necesita ser desarrollada tema al que volveré en el ultimo
capitulo, no esta fuera de lugar en la problemática filosófica
contemporánea; pues es el representante de un tipo particular
de filosofar y de una amplia concepción de las miras de la
filosofía, surgidos de una tendencia natural de la mente
humana:
El deseo de comprender, en la forma mas completa posible, los datos
de la experiencia, el hombre mismo y el mundo en el que se encuentra.
Es evidente que este deseo de comprender, no esta limitado a la
filosofía, pero si se le permite un juego libre, conducirá
a ella y aun en la metafísica. La pregunta de si el intento
de obtener una interpretación mas unificada de la realidad
tal como la conocemos, y aun más la pregunta de si el intento
de comprender la existencia de las cosas finitas y de aclarar la
situación general nos hace posibles todas las situaciones
particulares, son preguntas que no pueden responderse a priori y
de antemano. Pero el deseo que nos lleva a hacer el intento es muy
natural. Hay al parecer, una tendencia irreprimible en la mente
humana que la lleva a reducir en la multiplicidad a la unidad, a
buscar hipótesis y explicaciones que cubran un campo cada
vez más amplio de hechos y acontecimientos. Vemos como trabaja
esta tendencia en la ciencia, pero también podemos verla
en la metafísica. Es verdad que si tomamos el lenguaje de
la ciencia como la única norma a del discurso inteligible,
el lenguaje metafísico estira el significado de los términos
hasta llegar casi al punto de ruptura; pero tambien es cierto que
el impulso a unificar la variedad de los acontecimientos y de los
fenómenos este presente tanto en la ciencia como en la filosofia
metafisca. Ni el científico no el metafísico pueden
contentarse con aceptar una simple multiplicidad caótica
de acontecimientos heterogéneos y sin relación; nisiquiera
podemos contentarnos con esto en la vida diaria. Y aunque es posible,
tanto en la ciencia como en la metafísica, pasar por alto
diferencias importantes en un apresurado intento de unificación,
el impulso que nos lleva a esta parece estar implícito en
el proceso de la comprensión. De cualquier modo, según
Sto. Tomas, el metafísico se afana, cuando menos en parte,
por comprender la existencia de las cosas finitas. El que haya algo
que comprender a este respecto depende de que haya en las cosas
finitas consideradas como tales, rasgos que permitan el planteamiento
de la pregunta o preguntas pertinentes.
Si suponemos que estos rasgos existen, el proceso de la comprensión
implicara el relacionar las cosas finitas con una realidad metafinita
ultima, concebida en la forma que fuere. Es poco probable que la
mente humana abandone alguna vez definitivamente la búsqueda
de las “explicaciones finales” y el plantearse problemas
acerca de la “realidad ultima”.
Una de las razones de que Sto. parezca poco probable es que los
problemas metafísicos son provocados por los hechos evidentes
del cambio y la no permanencia, de la inestabilidad y la dependendia,
hechos con los que nos encontramos en nuestra experiencia de nosotros
mismos y de otros entes. Spinoza fue portavoz de muchos hombres
cuando señalo la búsqueda de la mente en pos de algo
permanente y eterno, de una realidad infinita que trascienda el
flujo y la inestabilidad que parecen ser característicos
de todas las cosas finitas. La metafísica, cuando no degenera
en una mera repetición de formulas tradicionales o en una
árida logomaquia, expresa este impulso en un nivel particular
de la vida y la reflexión intelectuales. Es verdad que la
expresión de este impulso dentro del campo de la filosofía
académica es más evidente en unas épocas que
en otras; pero siempre que desaparece de este campo acaba por aparecer
en otro. Es mas tiende a regresar a su campo original y a juzgar
por las analogías históricas, su destierro es temporal.
No cabe duda de que muchos llegaron a pensar que Kant había
enterrado definitivamente a la metafísica especulativa, pero
esto no impidió el surgimiento del idealismo alemán.
Y el desacreditar a Hegel no ha impedido el desarrollo de otros
tipos de filosofía metafísica. Nos basta con pensar
en Jaspers, por ejemplo, en Alemania, o en Whitehead en los Estados
Unidos.
Pero aunque la metafísica tienda a recurrir constantemente,
ha habido y hay diferentes concepciones de su naturaleza. Algunos
filósofos parecen haber supuesto que por un método
deductivo puro y semimantico, podríamos deducir el sistema
general de la realidad y por si esto fuera poco, hacer nuevos descubrimientos
sobre los hechos. Sin embargo esta actitud, que tendemos a asociar
y en parte con justicia, con la metafísica “racionalista”
de los siglos XVII Y XVIII es rechazada actualmente.
Pero esta no era, como deseo mostrar en este capitulo, las actitudes
de Sto. Tomas, quien no creía que hubiera ideas o principios
innatos a partir de los cuales se pudiera deducir un sistema metafísico
siguiendo un modelo matemático. Ahora bien, debemos preguntarnos
si, al rechazar el método de Spinoza y los sueños
de Leibniz, tendremos que admitir que las teorías metafísicas
no pueden ser sino hipótesis empíricas, sujetas de
suyo a revisión por el hecho de serlo. Es esta obviamente
una concepción posible de la metafísica. Y si decidimos
que solo podemos estar seguros de la verdad de las proposiciones
que son, en cierto sentido “tautologías” se trata
quizá de la única concepción de la metafísica
que queda a quienes la admiten. A fin de poder afirmar que la certeza
puede obtenerse, cuando menos en principio, dentro de la, metafísica,
tendría que demostrarse que la mente puede aprehender en
forma igualmente necesaria proposiciones verdaderas, basadas de
alguna manera, en la experiencia y que nos dicen algo acerca de
las cosas y no solo de las palabras. Dicho en otra forma, seria
necesario demostrar que el “empirismo” y el “racionalismo”
no agotan las posibilidades y que nos encontramos con un ejemplo,
que bien vale la pena examinar, de otra posibilidad.
No sugiero, sin embargo, que esta filosofía pueda ser recibida
sin mas, sin un desarrollo y sin un examen cuidadoso de sus posiciones
fundamentales; lo que sugiero es que es un organismo capaz de crecer
y desarrollarse de manera que puede conciliar, en un plano superior,
las agudas antitesis surgidas en la historia posterior del pensamiento
filosófico.
Quizá parezca que la noción de “certeza”
dentro de la metafísica debe ser rechazada de antemano, en
vista de las diferencias entre los sistemas filosóficos y
en vista también de que ninguno de estos sistemas ha logrado
una aceptación duradera y universal.
Pero, en primer lugar, la noción de certeza no debe enlazarse
con la noción de un sistema estático y fosilizado.
Y en segundo lugar Hay quizá mayor acuerdo entre los metafísicos
del que aparece a primera vista. Por ejemplo los metafísicos
occidentales y los orientales están de acuerdo, en gran medida
acerca de la existencia de un ser infinito que trasciende a los
seres finitos.
En algunos casos, cuando menos, las diferencias agudas empiezan
a aparecer cuando él filosofo trata de ir mas allá
de los limites de la mente humana y de penetrar en una esfera de
la que estamos excluidos por las condiciones mínimas de nuestro
conocimiento, creo que el lector considerara que la concepción
tonista acerca de la competencia del metafísico es modesta
y moderada.
En las siguientes secciones de este capitulo me propongo a examinar
algunos puntos generales de la filosofía de Sto. Tomas que
pueden servir como introducción a su pensamiento y que, al
mismo tiempo, pueden ayudar a mostrar al lector que esa filosofía
merece respeto y un serio estudio. En el resto del libro me limitare
a exponer y explicar lo dicho por Sto. Tomas, sin referirme constantemente
a las posibles criticas ya que esto no cabria en el espacio que
dispongo.
El primer punto que trate es la concepción equivocada que
supone que el papel fundamental que la percepción sensible
desempeña en el conocimiento humano es un descubrimiento
de los empiristas ingleses clásicos.
Había sido afirmado ya, con todo vigor por Sto. Tomas en
el siglo XIII si bien es verdad que el no fue le primero en afirmarlo;
la doctrina estaba ya en Aristóteles. Pero entre los metafísicos
del siglo XIII, Santo Tomas fue el que lo destaco mas firmemente.
En tanto que algunos escritores, por ejemplo San Buenaventura)m.
124, mantenían una teoría de lo que virtualmente podemos
llamar ideas innatas, una teoría que tiene cierto parecido
con las teorías que mucho tiempo después sostuvieron
Descartes y Leibniz, Sto. Tomas destacó la base experimental
del conocimiento humano. Su convicción constante, expresada
con mucha frecuencia, fue el entendimiento no parte de un fondo
de ideas innatas o de un conocimiento innato y reafirma las palabras
de Aristóteles acerca de que el entendimiento es inicialmente
semejante a una tablilla de cera en la que nada se ha escrito aun.”Esto
es evidente, por el hecho de que al principio inteligimos solo en
potencia, pero después inteligimos sen acto” (S. T,
La 79, 2) lo que es lo mismo, el entendimiento es al principio una
capacidad para conocer las cosas; no tenemos un conocimiento natural
en acto del mundo sin la experiencia. Y la forma primaria de la
experiencia es la experiencia sensible, es decir, el contacto con
las cosas materiales a través de los sentidos.
Son éstos los que ponen primero al entendimiento en contacto
con las cosas y los que le suministran los materiales para la formación
para la formación de ideas. Por ejemplo, no tenemos la idea
primero del hombre, para descubrir después que los hay: sino
que primero conocemos por medio de los sentidos a los hombres individuales
y somos capaces de formar la idea abstracta del hombre. En última
instancia, la experiencia sensible es un supuesto de todo nuestro
conocimiento, sea de las cosas materiales, sea de las ideas o significados
abstractos. De hecho, Sto. Tomás no vacila en afirmar que
el objeto “propio” o adecuado al entendimiento humano
en esta vida es la naturaleza de la cosa material. “Lo primero
que es conocido por nosotros en el estado de nuestra vida presente,
es la naturaleza de la cosa material, que es el objeto de nuestro
entendimiento, como se ha dicho ya más arriba muchas veces”.
(S. T. Ia, 83, 3.
Aunque no se exprese en esta forma, podemos decir que, para Sto.
Tomás, no podemos conocer el significado de una palabra que
miente una cosa material a menos que hayamos aprendido el significado
ostensiblemente, por definición o descripción. Por
ejemplo, a pesar de que yo nunca hubiera visto un rascacielos, podría
aprender el significado de la palabra si se me diera una definición
o descripción, por medio de palabras como “edificio”,
“pisos”, “alto”, etc. Pero es obvio que
no puedo comprender la descripción a menos de saber de antemano
el significado de las palabras que aparecen en ella, y, a la larga,
llegaré a palabras cuyo significado he aprendido ostensiblemente,
es decir, porque se me ha llamado la atención sobre ejemplos
de lo que mientan. Desde luego, puedo aprender el significado de
la palabra “rascacielos” sin saber que los hay, es decir,
que hay algo a lo que se aplica la definición o descripción
de un rascacielos.
Pero no podría aprender el significado de la palabra sin
cierta experiencia de entes existentes en acto.
Es mas, en cierto sentido, Sto. Tomás destacó mas
que los empiristas ingleses clásicos el papel que la percepción
sensible desempeña en el conocimiento. Pues si bien no excluyo
la introspección o reflexión como fuente de conocimiento,
no la menciona como una fuente paralela a la percepción sensible.
En su opinión, la introspección o reflexión
no es una fuente primigenia en el mismo sentido en que lo es la
percepción sensible.
Su punto de vista era que yo me doy cuenta de mi existencia como
un yo, a través de actos concretos en los que percibo cosas
materiales distintas de mí, y en tanto tengo una conciencia
concomitante de estos actos como míos. No gozo de una intuición
directa del yo como tal: llego a conocerme solo a través
de actos dirigidos hacia cosas distintas de mí mismo. Por
ejemplo, no solo percibo un hombre sino que, al mismo tiempo tengo
conciencia de que lo percibo, de que el acto de percepción
es mi acto. Y esta conciencia implica la conciencia de mi existencia
como un yo. “El alma es conocida por sus actos pues el hombre
percibe que tiene un alma, que vive y existe por el hecho de que
percibe que siente, comprende y lleva a cabo otras operaciones vitales
de este tipo... Nadie percibe que comprende a no ser por el hecho
de que comprende algo, pues comprender algo es anterior a comprender
que se comprende. Y así el alma viene a darse cuenta real
de su existencia por medio del hecho de que comprende o percibe”
( De Veritate, 10, 8.
Para evitar cualquier mala interpretación de este pasaje,
debe advertirse de que Sto. Tomas establece una distinción
entre mi conciencia de la existencia del yo y mi conocimiento de
la naturaleza del yo. Una cosa es saber de que tengo un alma o que
en mi hay algo por lo que percibo, deseo y comprendo, y otra el
conocer la naturaleza del alma. Para este ultimo conocimiento se
requiere una reflexión deliberada o “segunda”
reflexión. Sin embargo, aquella reflexión por la que
tiene uno conciencia del yo en una forma muy general, no es deliberada
y es común a todos los seres humanos. Por lo tanto no debe
confundirse, con la reflexión filosófica: es automática
en el sentido de que yo no puedo percibir sin darme cuenta, implícitamente,
de que percibo.
Y el punto en cuestión es que mi conciencia de que percibo
depende de mí percibir algo. De hecho, puedo reflexionar
conciente y deliberadamente sobre mis actos internos; pero esto
presupone un darme cuenta no deliberado o automático de mis
actos dirigidos hacia el exterior (ver, oír, desear, etc.)como
de algo mío. Y esto, a su vez, presupone el papel fundamental
de la experiencia o percepción sensible. Sto. Tomas consideraba
que el hombre no esta formado por dos sustancias yuxtapuestas, cuyas
operaciones sean independientes unas de otras, sino que es una unidad,
pues el alma esta unida naturalmente al cuerpo. Y por esta unión
intima de alma y cuerpo, el entendimiento depende naturalmente de
los sentidos para la adquisición de ideas y de conocimientos.
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