EL PODER LIBERADOR DE LAS HUMANIDADES
Una educación exclusivamente orientada a la
capacitación técnica y profesional priva a los jóvenes de los eternos
interrogantes a que se enfrenta el hombre. Sin formación humanística, la mente
del universitario queda encerrada en la extrema especialización, lo que también
va en menoscabo de su competencia profesional.
Los profesores de humanidades se ven una y otra vez
en la necesidad de justificar su existencia. Es frecuente encontrar ensayos y
libros sobre asuntos como ¿Por qué deben enseñarse humanidades? o Las
grandes ventajas de un programa de saberes liberales.
(Este artículo es una apología más). El progreso de la ciencia y de la
tecnología, y la actual demanda de especialización profesional hace sombra a
las diminutas humanidades. Mientras la ciencia, la tecnología y la industria
construyen infraestructuras y transforman la faz de la tierra, las humanidades
se sientan tímidamente a un lado, tejiendo minuciosamente su telaraña y
proclamando la superioridad de su labor por encima del acero y del cemento.
Este estereotipo ha dado ocasión a numerosas objeciones, e incluso a una
violenta oposición, contra el cultivo de las humanidades.
Dos enemigos
Los que están en contra de los estudios
humanísticos, tal como son concebidos tradicionalmente, pueden clasificarse en
dos grupos.
Del primero forman parte aquellos que han caído en
la trampa de la extrema especialización profesional. Así, su reproche a los que
están a favor de las humanidades es: "Eso no es práctico. De eso no se
puede vivir. Mejor estudiar dirección de empresas, ingeniería o informática. La
literatura, la filosofía y demás no son sino anticuados vestigios del pasado.
Los que piensan de esta forma adoptan una postura
condescendiente hacia las humanidades, y consideran su cultivo como una
concesión a las fantasías de la adolescencia. La etapa universitaria es el
momento de dedicarse a cosas serias.
El segundo grupo está formado por los que consideran
las humanidades como algo propio de la cultura occidental, que no ha
tenido en cuenta las aportaciones de las mujeres y de otros pueblos. En la
pluralista Norteamérica, la batalla entre los dos bandos es feroz. Las
feministas intervienen en la disputa diciendo despectivamente: "Un plan de
estudios humanísticos significa en realidad un plan dedicado al estudio de las
obras de unos hombres blancos europeos". Lo mismo dicen, por su
parte, las minorías raciales, sólo que subrayando blanco en vez de hombre.
En semejante clima, nublado por los humos de la
batalla, es necesario detenerse a examinar serenamente el valor de las
humanidades.
Respuestas a las cuestiones eternas
En primer lugar, los estudios de humanísticos tocan
las preguntas eternas: las cuestiones sobre los valores, que
reaparecen una y otra vez en la vida de cada uno y nunca están definitivamente
resueltas. No son meros asuntos insolubles o impenetrables para la mente
humana. Por el contrario, estas cuestiones se renuevan desde las diferentes
perspectivas, experiencias y etapas de la vida de una persona.
Por ejemplo, el primer encuentro de un niño con el
dolor es el momento en el que surge el eterno problema de la justicia y de la
injusticia. Los posteriores sinsabores y desgracias de la vida serán nuevas
oportunidades de replantearse esta cuestión; y una buena parte de nuestra
felicidad depende de la respuesta que le demos.
Son las cuestiones ineludibles: el sentido de la
vida, su fin, su origen, su destino y su valor. ¿Es la vida un juego, un
engaño, un empeño sin sentido? Concentrarse en la especialización profesional,
en detrimento de esas cuestiones, supone perder lo que nos distingue de las
máquinas y de las bestias de carga.
Siempre habrá experiencias que nos conmoverán, o
deberían hacerlo: la muerte, el dolor físico o moral, la desesperación. Esto
nos da ocasión de enfrentarnos a esas cuestiones que afectan profundamente a
nuestra humanidad, y por tanto de renovar y hacer más profunda nuestra
conciencia de ella. Mirar esas ocasiones a través del filtro de una extrema
especialización profesional, nos llevaría a tratarlas como pequeños
inconvenientes que pueden resolverse con un buen trago o una noche de juerga
con los amigos.
Para apreciar las obras
maestras
En segundo lugar, los estudios humanísticos amplían
los horizontes de una persona, y evitan que su perspectiva sea estrecha o
superficial. Podemos decir que los estudios humanísticos afinan el
corazón del estudiante. El problema del hombre contemporáneo resulta
esclarecido con esta cita de Kenneth Clark, tomada de
su libro What Is
a Masterpiece? ("¿Qué es una obra
maestra?"): "Una obra maestra recrea un ser humano y nos lo
presenta como una encarnación, un símbolo casi, de todo lo que, a lo largo de
nuestra vida, podremos encontrar en las
profundidades de nuestro corazón".
Esta encarnación o cuasi-símbolo
carecería de sentido para quien no tuviese nada en las profundidades de su
corazón. Cuando el pragmatismo y el hedonismo arraigan en el corazón, lo más
probable es que el corazón rechace toda experiencia espiritual de la belleza, de la sabiduría o de un valor moral, por
ejemplo, al igual que el cuerpo humano rechaza un órgano trasplantado que le
es incompatible.
Una persona educada en las humanidades puede captar
y apreciar el valor de una obra maestra, ya sea pintura, escultura, música o
literatura. En cambio, una persona que no ha tenido esa formación y cuyos
sentidos están oscurecidos por lo burdo y lo feo, no es probable que reconozca,
mucho menos que aprecie, una obra maestra. Pierde la capacidad de captar los
matices de la vida, de distinguir la cacofonía de la armonía, y lo sublime de
lo mediocre. En cambio, una persona que posee esa capacidad está en condiciones
de apreciar más cosas y de ser más feliz, gracias a que puede acceder a un
espectro más amplio de valores. Mientras que quien carece de esa capacidad es
presa fácil de las múltiples manipulaciones de la propaganda y de los
entretenimientos baratos.
Dice Clark en el libro mencionado: "Las
mejores obras maestras son ilustraciones de los grandes temas... Como en un drama, griego o isabelino, de Racine o de Schilier, es el
elemento trágico de la vida y el carácter definitivo de la muerte lo que eleva
a esta obras de arte a las más altas cumbres".
Por desgracia, el ambiente en que nos movemos puede
dificultar la apreciación de las grandes obras de arte. Thomas J. Slakey, decano del St. John's College, se refiere a este
problema: "No es fácil tener una experiencia fuerte y emocionante de
lo verdaderamente sublime. La presión de las necesidades diarias, el estruendo
de los periódicos y la televisión, el cinismo de muchas cosas que pasan por
inteligencia y sofisticación, se interponen en nuestro camino".
Amor de saldo
Un singular compañero de viaje del pragmatismo es la
diversión, lo espectacular, la novedad o la perversión, que reducen todo ocio
al entretenimiento momentáneo. Por ejemplo, la muerte especialmente
la violenta se ha convertido en un ingrediente común de los
medios de comunicación, tanto impresos como audiovisuales. Así, la
muerte no es ya una ocasión para hacer un parón y
examinar la propia vida y juzgar su dirección y su valor. Por el contrario, la
muerte se ha convertido en un motivo cinematográfico, un efecto especial, un
truco de cámara; hecho todo con espejos, para dar emoción a algún producto de Hollywood. Tanto el pragmatismo como el hedonismo han
contribuido a desdibujar el sentido trascendente de la muerte. Quizás T. S. Eliot tenía en la mente este problema cuando escribió sobre
algo "no conocido, porque no es buscado; / pero escuchado, semi-escuchado, en la quietud, / entre dos olas del
mar".
Y el amor, no menos que la muerte, se ha trivializado. El amor se ha convertido en una pelota de
tenis golpeada de un lado a otro entre un sentimentalismo romántico y un
erotismo total. En el nuevo lenguaje, la palabra corazón encubre una sensación
superficial que reclama satisfacción inmediata. En un mundo definido por las relaciones provisionales y alimentado con erotismo, no
hay lugar para que la fidelidad, la responsabilidad y la generosidad entren de
modo silencioso y profundo en las preocupaciones diarias de la gente.
La indiferencia con que el amor y la muerte han sido
atropellados es un síntoma lamentable de lo barato que la vida humana ha llegado
a ser. Esta actitud no considera ya el amor y la muerte como un misterio que
reverenciar. ¿Qué cuestión hay más urgente que nuestra fragilidad y mortalidad?
Hoy día, el amor y la muerte no son sino juguetes en manos de los medios de
diversión. Entonces, ¿vamos a construir nuestro sistema de valores basándonos
en lo que ofrecen los medios de comunicación? ¿O buscaremos alguna fuente de
sabiduría, una visión integral de la vida? Esto nos conduce a la tercera
propiedad de las humanidades.
Una visión integral de la realidad
En tercer lugar, una formación humanística bien
diseñada y sabiamente impartida nos dará una visión integral de la realidad, en
vez de la visión fragmentada que transmite una formación ecléctica. Sin
embargo, esta visión integral sólo puede implantarse a través del proyecto
educativo de la escuela.
Algunas universidades eluden totalmente la cuestión,
al no pretender más objetivo que la competencia profesional. Otras aseguran
tener un determinado proyecto educativo, pero convierten esa convicción en
meras palabras, pues imparten enseñanzas o contratan profesores que contradicen
ese ideal.
En una auténtica enseñanza humanística, la filosofía
y la teología ocupan un lugar privilegiado entre las fuentes de sabiduría y de
respuestas para las últimas preguntas de la vida. Por consiguiente, si un plan
de estudios incluye estas dos disciplinas, no sólo como asignaturas, sino
plenamente integradas con el resto de las materias, entonces podemos decir que
nos encontramos ante un verdadero plan de estudios con materias básicas, y no
solamente ante una mera lista de asignaturas obligatorias. Propiamente
hablando, las disciplinas humanísticas sirven de base y piedra de toque de todas las
demás materias, pues proporcionan la genuina sapientia,
junto con la eloquentia. De este modo se
asegura que la eloquentia no se convierta en
palabrería vana.
Hoy día, por desgracia, tal postura sería tachada de
reaccionaria, e incluso podría provocar enfrentamientos
con algunos profesores que consideran sus respectivas disciplinas como cotos
privados. "Por qué la filosofía y la teología deben formar parte de
una visión integral?", preguntó una vez un
profesor de historia. Según él, "la historia debería ser la disciplina
fundamental, porque abarca todas las materias. Puede hacerse historia de casi
todo: de la filosofía, de la arquitectura, del arte, de la literatura, de la
ciencia, de la tecnología, de las naciones, de las nociones, de los pueblos, de
las mentalidades, etc.".
Sin embargo, lo que ese profesor no acertaba a ver
era que, en una disciplina, amplitud no es lo mismo que carácter fundamental
o básico. La historia es útil para tener una visión del desarrollo de
la humanidad; pero incluso la visión más amplia no constituiría un criterio.
Toda noción de desarrollo presupone, de hecho, un criterio básico que la
disciplina de historia no puede hallar en sí misma, sino que debe buscarlo en
la filosofía y la teología.
Humanistas en la empresa
Pero, ¿qué utilidad tiene todo eso? Esta cuestión
nos conduce a la última observación sobre las humanidades. Las humanidades
facilitan la preparación para el título académico y para el mundo del trabajo.
Las humanidades siempre han sido eficaces transmisoras de los conocimientos
básicos: lectura, redacción, capacidad de expresión, atención y juicio crítico.
Si los estudios de humanidades se hacen con
seriedad, los licenciados alcanzarán el nivel que les permitirá desenvolverse
con éxito en el mundo del trabajo, y dispondrán de las herramientas
intelectuales para realizar estudios de postgrado.
Esta última virtualidad de la formación humanística
asegura que el estudiante adquiera la perspicacia y visión sintética de un
intelectual, la perfección del así llamado hombre del Renacimiento, y
la capacitación profesional que requiere el actual mercado de trabajo.
En consecuencia, el poder liberador de las
humanidades facilita que el estudiante no caiga en los condicionamientos de la
mediocridad, de la superficialidad, del error, de los prejuicios, y de la
servidumbre de una especialización obsesiva. Sólo entonces brotará la
sabiduría, seguida de la prudencia y, quizás, podrá instaurarse un nuevo orden
social y jurídico.
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Manuel
Ramón O. Escasa
Director del departamento de Humanidades del College de Letras y Ciencias
del Center for Research and Communication, Manila.
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