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AMOR CONYUGAL Y CONTRACEPCIÓN
1. La
contracepción y la unión marital
Existe
un argumento moderno a favor de la contracepción, que pretende apoyarse en
razones personalistas. Se podría resumir como sigue. El acto marital tiene
dos funciones: una biológica o procreativa, y otra
espiritual-unitiva. Pero, mientras este acto sólo en potencia es procreativo, es, de hecho y en sí, un acto de amor:
realmente expresa el amor conyugal y une a los esposos. Ahora bien, aunque la
contracepción frustra la potencialidad biológica o procreativa
del acto conyugal, respeta plenamente su función espiritual y unitiva; es
más, la facilitaría, al eliminar tensiones o temores que amenazan con mermar
la expresión física del amor conyugal. En otras palabras, esta tesis
afirmaría que, mientras la contracepción suspende o anula el aspecto procreativo del trato sexual-conyugal, deja intacta su
función unitiva.
Hasta
hace poco, el núcleo del argumento más común contra el birth-control
ha sido que, estando el acto sexual naturalmente ordenado hacia la
procreación, frustrar esta ordenación es ir contra naturam
y, por tanto, obrar ilícitamente. Ahora bien, esta línea de argumentación,
sin más precisiones estaría abierta a una contestación: de hecho frustramos
otras funciones naturales -por ejemplo, cuando ponemos tapones en los oídos,
para no oír ruidos- y la doctrina moral nunca ha sostenido que actuar de este
modo sea ilícito. ¿Por qué entonces ha de ser malo impedir, por motivos
adecuados, el aspecto procreativo de la relación
marital?
En todo
caso, los defensores de la contracepción rechazan este argumento tradicional
como mero biologismo; porque consideran que supone
entender el acto conyugal sólo en su función biológica o en sus posibles
consecuencias biológicas, y desatiende su función espiritual, esto es, su
función de significar y efectuar la unión de los esposos.
Quienes
proponen esta justificación de la contracepción conyugal -formulada en
términos aparentemente personalistas- creen sostener una posición positiva y
fuerte. Si se quiere refutar eficazmente este argumento y demostrar su
radical falsedad, pienso que también se debe desarrollar un argumento
personalista, cimentado en una auténtica comprensión personalista del sexo y
del matrimonio.
Como es
evidente, el argumento de los defensores de la contracepción se fundamenta en
una tesis esencial: que el aspecto procreativo y el
aspecto unitivo del acto conyugal son separables, es decir, el aspecto procreativo se puede anular sin viciar el acto conyugal
ni dañar su capacidad de expresar-de modo propio y singular-la verdad del
amor y de la unión maritales.
Esta
precisa tesis fue y es explícitamente rechazada por la Iglesia. La razón
principal por la que la contracepción es inaceptable para la conciencia
cristiana es, tal como Pablo VI la expresa en Humanae
vitae, la "conexión «inseparable» establecida
por Dios... entre la significación unitiva y la significación procreativa que están ambas inherentes en el acto
conyugal" ("Humanae Vitae
n. 12).
Pablo VI afirmó esta conexión
inseparable; pero no se detuvo a desarrollar por qué estos dos aspectos del
acto marital están tan inseparablemente conectados, o por qué esta conexión
es tal que viene a ser el fundamento mismo de la valoración moral del acto.
Quizás una serena reflexión-madurada por estos veinte años de debate-puede
conducirnos a descubrir las razones por las que esto es así: por qué la
conexión entre los dos aspectos del acto, de hecho, es tal que la destrucción
de su referencia procreativa necesariamente
destruye su significación unitiva y personalista. Más sencillo: si se
destruye deliberadamente el poder del acto conyugal de dar vida, se destruye
necesariamente su poder de significar el amor: el amor y la unión propios del
matrimonio.
2. El
acto conyugal como acto de unión
¿Por
qué se considera al acto conyugal como el acto de autodonación,
como la expresión más distintiva del amor marital? ¿Por qué se ve en este
acto-que, en resumen, es algo pasajero y fugaz-un acto de unión? A fin de
cuentas, los enamorados expresan su amor y sus anhelos de unión de muchas
maneras: Mirándose, escribiéndose cartas, intercambiando regalos, paseando
cogidos de la mano... ¿Qué es lo que da su singularidad al acto sexual? ¿Por
qué este acto une a los esposos de tal modo que no lo hace cualquier otro
acto? ¿Qué tiene que lo convierte no sólo en una experiencia física sino en
una experiencia de amor?
¿El
placer especial que lo acompaña? ¿La significación unitiva del acto conyugal
queda contenida tan sólo en la sensación, por intensa que sea, que es capaz
de producir? Si la intimidad sexual une a dos personas sencillamente porque
da un placer especial, entonces parece que un esposo podría a veces encontrar
una unión más profundamente significativa fuera del matrimonio que dentro de
él. También seguiría lógicamente que una relación sexual sin placer carece de
sentido, y que el sexo con placer-aunque sea dentro de una relación
homosexual- cobra sentido.
No. Al
acto conyugal puede acompañar el placer, o no. Pero el sentido del acto no
consiste en el placer. El placer proporcionado por el acto conyugal puede ser
intenso, pero es transeúnte. La significación del acto conyugal también es
intensa, y no es transeúnte, permanece.
¿Por qué
ha de ser más significativo este acto, que cualquier otra manifestación de
cariño entre los esposos? ¿Por qué será este encuentro conyugal una expresión
más intensa de amor y de unión? Evidentemente, a causa de lo que ocurre en
este encuentro, que no es un sencillo contacto, ni una mera sensación, sino
una comunicación, una oferta y una aceptación, un intercambio de algo que
representa de un modo totalmente singular el don de la persona y la unión
entre dos personas.
Es
importante no olvidar que el deseo de los dos esposos de donarse
recíprocamente, de unirse mutuamente, queda, en lo humano, en un nivel
puramente intencional. Cada esposo puede y debe vincularse al otro. Pero no
puede realmente darse a sí mismo al otro. La máxima expresión de su deseo de
darse a sí mismo es dar la semilla de sí.
La
entrega de la propia semilla es mucho más significativa, y de modo especial
es mucho más real, que la entrega del corazón. Soy tuyo; te doy mi corazón;
tómalo, puede quedar en el plano de la mera poesía, a la que ningún gesto
físico llega a dar auténtico cuerpo. En cambio, Soy tuyo; te doy mi semilla;
tómala, no es mera poesía; es amor. Es el amor conyugal encarnado en una
singular acción física por la que se expresa la intimidad-te doy lo que no
doy a nadie-, y se alcanza la unión: toma lo que te doy: la semilla de un
nuevo yo. Unido a ti, a lo que tú me vas a dar, a tu semilla, se convertirá
en un nuevo «tu-y-yo», fruto de nuestro mutuo conocimiento y amor. Esta es la
mayor aproximación que se puede lograr al don conyugal de sí y a la
aceptación de la auto-donación conyugal del otro, lográndose así la unión de
los esposos.
Por
tanto, lo que constituye el acto conyugal en una relación y una unión
singulares no es la participación en una sensación, sino la participación en
un poder: un poder físico y sexual que es extraordinario precisamente por
tener una orientación intrínseca a la creatividad, a la vida. En una
auténtica relación conyugal, cada esposo dice al otro: Yo te acepto como no
acepto a nadie más. Tú eres único para mí, y yo para ti. Tú y tú solo, eres
mi marido; tú sola eres mi mujer. Y la prueba de tu singularidad para mí es
el hecho de que contigo-y sólo contigo-estoy dispuesto a participar en este
poder divinamente dado y orientado a la vida.
En esto consiste
la cualidad singular de la cópula conyugal. Cualquier otra manifestación de
afecto no va más allá del nivel de un gesto, y es símbolo de la deseada
unión. Pero el acto conyugal no es un mero símbolo. En el trato sexual
genuino entre los espososv hay un intercambio real:
hay entrega y aceptación plenas de masculinidad y feminidad conyugales. Y
queda, como testimonio de su relación conyugal y de la intimidad de su unión
conyugal, la semilla del marido en el cuerpo de la mujer.
Ahora
bien, si se anula intencionadamente la orientación a la vida del acto
conyugal, se destruye su poder intrínseco de significar la unión conyugal. De
hecho, la contracepción transforma el acto marital en un tipo de
auto-decepción o en sencilla mentira: Te amo tanto que contigo, y contigo
sólo, estoy dispuesto a participar en este singularísimo
poder...Pero ¿qué poder singular? En un acto contraceptivo no se participa de
ningún poder singular, si no es un poder de producir placer: su significación
ha desaparecido.
El trato
sexual contraceptivo es un ejercicio carente de sentido humano auténtico.
Cabría compararlo al ejercerse en las mociones de una canción sin dejar que
ningún sonido de música pase de los labios.
Algún
lector quizás se acordará de los dúos de amor de Jeanette
McDonald y Nelson Eddy,
dos grandes cantantes,-estrellas de Hollywood-de los primeros años de los talkies.
¡Qué absurdo si se hubiesen cantado dúos silenciosos!: pasando por los gestos
de unas canciones, pero sin dejar que sus cuerdas vocales produjesen ningún
sonido inteligible: nada más que reverberaciones sin sentido... ; unas agitaciones que no dicen nada. La contracepción
está en esa línea. Los esposos contraceptivos se entretienen en movimientos
corporales, pero emplean un lenguaje del cuerpo que no es verdaderamente
humano. No permiten que sus cuerpos se comuniquen mutuamente, de un modo
sexual e inteligible. Pasan por las mociones de una canción; pero no hay
canción.
La
contracepción no es tan sólo una acción sin sentido; es una acción que
contradice el sentido esencial que el verdadero trato sexual marital debe
tener, si ha de significar la mutua auto-donación total e incondicional. En
vez de aceptarse en su totalidad, los esposos contraceptivos se rechazan en
parte, porque la fertilidad es parte de cada uno de ellos. Rechazan parte de
su amor mutuo: su capacidad de tener fruto...
Una
pareja puede decir: nosotros no queremos que nuestro amor sea fructífero. Si
es así, hay una contradicción inherente en su intento de expresar su amor por
medio de un acto que, por su misma naturaleza supone un amor fructífero; y
hay mayor contradicción aún, si al efectuar este acto, destruyen
intencionadamente la orientación hacia la fertilidad de la cual precisamente
deriva su capacidad de expresar la singularidad de su amor.
En la
unión marital auténtica, el marido y la mujer deben experimentar la vibración
de la vitalidad humana en sus mismas fuentes. En el caso de una unión
contraceptiva, los esposos experimentan una sensación, pero ésta queda
vaciada de una vitalidad real.
El efecto
anti-vida de la contracepción no se limita al No
que dirige hacia el posible fruto del amor. Tiende a vaciar de vida al amor
mismo. Es la dura lógica de la contracepción. Lo que es anti-vida
se convierte en anti-amor. El efecto desvitalizador de la contracepción asola al amor,
amenazándolo con un pronto envejecimiento y una muerte prematura.
A este
punto quizás debemos anticipar una posible crítica: nuestra tesis se basa en
una disyuntiva incompleta, en cuanto parece sostener que el acto conyugal o
es procreativo o es meramente hedonista... ¿No
podrían los esposos que usan contraceptivos rebatir esto con la sincera
afirmación de que, en su trato marital, no están buscando tan solo el placer;
están también experimentando y expresando su mutuo amor?
Conviene
que aclaremos nuestra postura en este preciso punto. No queremos afirmar que
los esposos contraceptivos no se amen en su trato sexual, ni -en cuanto no
están dispuestos a tener tal trato con una tercera persona- que ese trato no
expresa una cierta singularidad en su relación mutua. Nuestra tesis es que
ese trato no expresa la singularidad de una relación conyugal. El amor puede
estar presente, de algún modo, en su trato contraceptivo; pero el amor
conyugal no se expresa en y por medio de ese trato. Es más, el amor conyugal
puede verse pronto amenazado. A esos esposos siempre les acompaña la sospecha
de que el acto en el que participan puede ser, para cada uno, una entrega
privilegiada de placer, pero que puede ser también una mera toma egoísta de
placer. Es lógico que su trato conyugal se encuentre perturbado por un
sentido de falsedad o de vaciedad, ya que querrían fundamentar la
singularidad de la relación conyugal en un acto de placer (que tiende, a la
larga, a cerrar cada uno de los dos estérilmente en sí mismo), y se niegan a
cimentarla sobre la dimensión conyugal-verdaderamente única-de amorosa co-creatividad, cuya vitalidad es capaz de lograr que
cada uno se abra no sólo al otro sino a la riqueza y a los valores de la vida
misma, y de toda la creación.
3. Amor
sexual: conocimiento sexual
Si el
acto conyugal es un acto de auto-donación mutua y exclusiva es porque
consiste en el don y la aceptación de algo único. Ahora bien, este algo no es
solamente la semilla (sostener tal tesis fácilmente llevaría a un tipo de biologismo), sino la plenitud de la sexualidad de cada
cónyuge.
Fue en el
contexto de que no es bueno que el hombre esté solo en el que Dios creó la
mujer. Dios creó al hombre en una dualidad-varón y hembra-capaz a su vez de
convertirse en una trinidad. Las diferencias entre los sexos hablan de un
plano divino de complementariedad, de auto-consumación, de auto-realización,
también a través de la autoperpetuación.
No está
bien para el hombre estar solo porque solo no se puede realizar; necesita de
los otros. Necesita de modo especial del otro: de un compañero, de una esposa
o de un esposo. La unión con el esposo, entregarse al esposo-la unión sexual
y conyugal en la auto-donación-son normalmente una condición del desarrollo
humano y de la realización personal.
El
matrimonio es un medio de auto-realización en la unión. El marido y la mujer
se unen en el conocimiento y en el amor mutuos, en
un amor que no es solamente espiritual sino también corporal; y un
conocimiento, en la base de su amor, que no es conocimiento meramente
intelectual, sino también corporal. El amor conyugal de los esposos también
debe estar fundamentado sobre el conocimiento carnal. No nos debe sorprender;
es algo totalmente humano y lógico. ¡Qué expresividad la de la Biblia cuando,
al referirse al trato sexual, dice que el marido y la mujer se conocieron!
Adán conoció a Eva, dice el Génesis. ¿Qué comentario podemos hacer a este
modo de referirse la Biblia al trato conyugal como una forma de conocimiento
mutuo?
¿Cuál es
el conocimiento peculiar que el marido y la mujer se comunican? Es el
conocimiento de la totalidad de la recíproca condición humana de esposo. Cada
uno descubre un íntimo secreto al otro: el secreto de su humana y personal
sexualidad. Cada uno queda revelado al otro verdaderamente como esposo y
llega a conocer al otro en la singularidad de esa auto-revelación y
auto-donación maritales. Cada uno se deja conocer por el otro, y se entrega
al otro, precisamente como marido o mujer.
Nada hay
tan capaz de minar un matrimonio como la resistencia a conocer y aceptar al
esposo plenamente, o a dejarse conocer plenamente por él. El matrimonio está
en constante peligro por esta posibilidad de que uno de los esposos cele algo
al otro, reteniendo para sí algún conocimiento que no quiere que el otro
posea. Esto puede ocurrir a todos los niveles de la comunicación
interpersonal: al nivel físico tanto como al espiritual.
En muchos
matrimonios actuales, hay algo, en los esposos y entre los esposos, que cada
uno no quiere conocer, con lo que no quiere enfrentarse, que quisiera evitar;
y ese algo es la sexualidad en todas sus dimensiones. Como resultado, ya que
no están dispuestos a permitirse un pleno conocimiento carnal mutuo, no se
conocen, con un conocimiento verdadero, ni como seres sexuales, ni como seres
humanos, ni como esposos. Esto somete su amor conyugal a una tensión
existencial tremenda bajo la cual puede acabar rompiéndose.
En el
verdadero trato sexual-marital cada esposo renuncia a cualquier actitud de autoposesión defensiva, para poseer plenamente al otro y
ser plenamente poseído por el otro. Esta plenitud del auténtico don sexual y
de la auténtica posesión sexual se alcanza solamente en un acto conyugal
abierto a la vida. Sólo en el trato sexual procreativo
los esposos se intercambian verdadero conocimiento mutuo, realmente se hablan
humana e inteligiblemente, realmente se revelan mutuamente en la plenitud de
su actualidad y potencialidad humanas. Cada uno ofrece, y cada uno acepta, el
pleno conocimiento conyugal del otro.
Por medio
del lenguaje del cuerpo, cada esposo pronuncia una palabra de amor que es
tanto una auto-expresión-una imagen del yo de cada uno-como una expresión de
su anhelo del otro. Estas dos palabras de amor, al encontrarse, se funden en
una. Y mientras esta nueva palabra unificada de amor toma carne, Dios puede
plasmarla en una persona, el hijo: la encarnación del conocimiento sexual de
los esposos, y del amor sexual-marital que tiene el uno al otro.
En la
contracepción, los esposos no quieren que la palabra-la que su sexualidad
anhela pronunciar-tome carne. Ni siquiera están dispuestos a dirigirse esta
palabra en verdad. Quedan humanamente impotentes, frente al amor; carnalmente
mudos, frente a sí mismos, sin poder pronunciar una sola auténtica palabra
sexual.
El amor
sexual es amor de la entera persona masculina o femenina, cuerpo y espíritu.
El amor queda falsificado si el cuerpo y el espíritu no dicen lo mismo. Con
la contracepción, el acto corporal habla de la presencia de un amor, que el
espíritu niega. El cuerpo dice, Te quiero totalmente, mientras el espíritu
dice: Te quiero con reservas. El cuerpo dice, Te busco; el espíritu dice, No
te acepto; no acepto todo lo tuyo.
El trato
sexual contraceptivo se convierte en una pantomima. Representa un lenguaje
del cuerpo desfigurado; expresa un rechazo del otro.
Hace que cada uno diga: No quiero conocerte como mi marido o como mi mujer;
no estoy dispuesto a reconocerte como mi esposo. Quiero algo de ti, pero «no»
tu sexualidad, y si tengo algo que darte, algo que te dejare tomar, «no» es
mi sexualidad.
Puede ser
oportuno desarrollar un punto al que nos referimos brevemente antes. La
negación que caracteriza el trato mutuo de estos esposos no se dirige tan
sólo hacia los hijos, ni tan sólo hacia la vida, ni tan sólo hacia el mundo.
La negación va dirigida por parte de cada uno hacia el otro. Te quiero, pero
te quiero estéril..., vale lo mismo que decir, No quiero todo lo que me
puedes ofrecer. He calculado la medida de mi amor, y no es lo suficientemente
grande como para eso; no es capaz de tomarte a ti entero. Yo prefiero un
«tú», encogido, reducido a la medida de mi amor... El hecho de que ambos
esposos puedan estar de acuerdo en aceptar una versión rebajada del otro no
salva su amor -o sus posibilidades de llegar a una auténtica felicidad- de
los efectos de tan radical devaluación humana y sexual.
El trato
sexual normal entre cónyuges afirma plenamente la masculinidad y la
feminidad. El hombre se afirma como hombre y esposo, y la mujer se afirma
como mujer y esposa. En el trato contraceptivo, sólo se afirma una sexualidad
mermada. Estrictamente hablando, no se afirma la sexualidad bajo ningún
concepto. La contracepción constituye una negativa tal a dejarse conocer que
sencillamente no representa un verdadero conocimiento carnal en absoluto. Una
profunda verdad humana subyace el principio teológico y jurídico de que una
cópula contraceptiva no consuma el matrimonio.
Por
tanto, el trato sexual contraceptivo no es verdadero trato sexual. Esta es
también la razón por la que las disyuntivas ofrecidas por esta materia quedan
insuficientemente expresadas al afirmar que si el acto sexual es
contraceptivo, entonces es meramente hedonista. Esto puede ser verdad o no. Lo
que sí es verdad -a un nivel mucho más profundo- es que si el acto sexual es
contraceptivo, entonces no es sexual en sentido verdadero. En la
contracepción hay un trato o intercambio de sensación, pero no hay ningún
conocimiento sexual verdadero, ni amor sexual verdadero; no hay ninguna
revelación sexual de uno mismo, ni comunicación sexual de uno mismo ni
donación sexual de uno mismo. La elección de la contracepción es de hecho el
rechazo de la sexualidad. La desviación del instinto sexual de la que parece
padecer la sociedad moderna representa -más que una exaltación o un exceso
del sexo- una falta de auténtica sexualidad humana.
El
verdadero trato conyugal sexual une. La contracepción separa; y la separación
opera a todos los niveles. No sólo separa el sexo de la procreación; separa
el sexo del amor. Separa el placer del sentido, y el cuerpo del espíritu. A
la larga e inexorablemente, separa a la mujer del marido y al marido de la
mujer.
Los
matrimonios que emplean contraceptivos, si se paran a reflexionar, se dan
cuenta de que su vida conyugal padece un íntimo malestar. Las alienaciones
que experimentan son señal y consecuencia de la grave violación del orden
moral que implica la contracepción. Por eso, la doctrina de la Humanae vitae, tanto como el
entero magisterio papal sobre el tema, lejos de mantenerse ciegamente en una
posición superada, constituyen una defensa clarividente de la innata dignidad
y de la verdadera significación de la sexualidad humana y conyugal.
4.
Sexualidad procreativa y auto-realización
Nuestra línea de argumentación hasta
aquí es que el trato marital contraceptivo no es capaz de conseguir ningún
fin personalista verdadero no efectúa ninguna auto-realización en el
matrimonio, sino más bien la frustra. Pero -cabe preguntar- ¿se sigue de ahí
que tan solo el trato sexual marital procreativo
lleva a la auto-realización de los esposos? Creo que sí, y que la razón
reside en la misma naturaleza del amor. El amor es creativo. El amor
divino-si nos podemos expresar así-le empujó a Dios a crear. El amor humano
está hecho a imagen del de Dios y está hecho para crear. Si no lo hace -
intencionadamente-, se frustra. El amor entre dos personas les lleva a querer
actuar -a hacer cosas- juntos. Esto, que vale para la amistad en general, se
aplica de modo singular al amor entre esposos. Una pareja que está enamorada
de verdad quiere hacer cosas juntos; si es posible,
quieren hacer algo original juntos. Como vimos en el capítulo anterior nada
hay más original para dos personas enamoradas que su hijo: la imagen y el
fruto de su unión. Eso es por lo que la realidad marital es tener hijos;
cualquier otro sustituto no satisface el amor conyugal.
El trato
marital procreativo realiza, también porque sólo en
el contexto de tal trato están los esposos abiertos a todas las posibilidades
de su amor mutuo: prontos a enriquecerse y a realizarse a base no sólo de
aceptar lo que les ofrece, sino también de responder a lo que les exige.
Profundizando todavía más, el trato
marital procreativo realiza porque da cauce al
deseo humano de auto-perpetuación. Lo expresa y no lo contradice, tal como lo
hace la contracepción. Es con anhelos de vida, y no de muerte, como el amor
se alimenta y crece. Cuando nace un hijo en un matrimonio normal, marido y
mujer gozan al pasar el hijo el uno al otro. Si el niño muere, no hay gozo,
hay lágrimas, mientras se pasan su cuerpo muerto. Los esposos deberían llorar
un acto contraceptivo: un acto estéril y desolado que rechaza la vida
encaminada precisamente a mantener vivo el amor, y que mataría la vida a la
que su amor naturalmente anhela dar origen. Puede haber satisfacción física,
pero no puede haber ningún gozo auténtico al pasar semilla muerta, o al pasar
semilla viva tan solo para matarla.
La
vitalidad de sensación en el acto sexual debe corresponder a una vitalidad de
significación (teniendo en cuenta -como hemos dicho- que la sensación no
constituye la significación). La misma explosión de placer que comporta el
acto sugiere la grandeza de la creatividad sexual. En cada acto conyugal debería
haber algo de la magnificencia -de la envergadura y del poder- de la Creación
de Miguel Angel en la Capilla Sixtina
de Roma... Pero se trata del dinamismo, no sólo de una sensación, sino de un
acontecimiento: de algo que pasa, de una comunicación de vida.
Una falta
de auténtica conciencia sexual caracteriza el acto si la intensidad del
placer no sirve para despertar una comprensión plenamente consciente de la
grandeza de la experiencia conyugal: me estoy entregando -entrego mi
capacidad creativa, mi potencia vital- no sólo a otra persona, sino a la
creación entera: a la historia, a la humanidad, a los planes de Dios. En cada
acto de unión conyugal, enseña Juan Pablo II, se renueva, en un cierto modo,
el misterio de la creación en toda su original profundidad y fuerza vital.
Hay un
punto ulterior que no se debe pasar por alto. Es evidente que toda la
cuestión que contemplamos está penetrada de una enorme complicación a causa
precisamente de la fuerza del instinto sexual. Sin embargo, debemos
comprender que la misma fuerza del instinto apunta hacia una comprensión
adecuada de la sexualidad. Parece elemental darse cuenta de que el poder del
impulso sexual debe corresponder a profundas aspiracines
o necesidades humanas. Tradicionalmente se ha tendido a explicar el instinto
sexual, colocándolo dentro de un marco demográfico; así como tenemos un
apetito de comer, para mantener la vida del individuo, tenemos un apetito
sexual para mantener la vida de la especie. La explicación vale, pero se
queda corta. Si el hombre y la mujer experimentan una profunda ansia de la
unión sexual es también porque sienten -cada uno personalmente- un profundo
anhelo de todo lo que va implicado en la verdadera sexualidad: auto-donación,
auto-complementariedad, auto-realización, auto-perpetuación, en una unión
conyugal con el otro.
La experiencia completa de la sexualidad
conyugal está llena de placer polifacético, en el que la simple satisfacción
física de un mero instinto sensitivo está acompañada y enriquecida por la
satisfacción personalista de las ansias mucho más profundas y más ricas que
comporta la sexualidad, y no está viciada y amargada por su frustración. Si
se puede señalar una continua y creciente frustración sexual como
consecuencia principal de la contracepción, esto se debe a que la mentalidad
contraceptiva priva el poder mismo del impulso sexual de su auténtico sentido
y finalidad, y luego pretende encontrar una plena experiencia sexual y una
plena satisfacción sexual en lo que es, en el fondo, poco más que el mero descargar
de una tensión física.
(Cfr. CORMAC BURKE Felicidad y entrega en el matrimonio,
RIALP, 1990, pp. 41-56)
Mons. Cormac
Burke es Master of Arts por la National University of Ireland, doctor en Derecho civil por la Universidad
Católica de Dublín, ha sido catedrático de la Trinity
College de Dublín (Universidad protestante), de la Catholic University of America, de Washington,
pertenece al clero de la Prelatura personal del Opus Dei y ha ejercido su
labor pastoral durante treinta años en Inglaterra, Estados Unidos, España y
Kenia. Juan Pablo II le nombró en 1986 Juez de la Rota Romana (el tribunal de
última instancia que juzga las causas de nulidad matrimonial). Sus escritos
sobre temas morales han sido publicados en muchos países e idiomas.
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